9 de junio de 2010

Tatoo or not tatoo?



En esa disyuntiva me hallo actualmente. Quién me lo iba a decir a mí, que, hasta hace poco tiempo, los tatuajes me dejaban bastante fría.
Bueno, no exactamente: me gustaba verlos, en general.

Los hay muy bonitos (aunque también hay algunos que... vaya tela. Parece que se los ha hecho su enemigo a la persona que los luce).
¡Pero de ahí a hacerme yo uno! Sobre todo porque a mí las agujas me dan un yuyu...

Además está el hecho evidente de que un tatuaje es para toda la vida. Si luego te arrepientes, no hay vuelta atrás. (Bueno, sí, se pueden quitar, pero hace falta tiempo y dinero. Y nunca se van del todo).

Y es que, cuando se es joven y la piel está tersa, todo queda bien. Pero conforme pasan los años y las carnes se ponen "colganchosas", el tatoo puede sufrir una metamorfosis no demasiado agradable.
Me imagino dentro de 50 años, cuando los chavalines jóvenes de cuerpos esculturales y abdominales hercúleos que ahora se tatuan todo el cuerpo se conviertan en ancianos decrépitos, y las carnes empiecen a sufrir los estragos de la edad y de la gravedad: esos dragones, esas letras chinas, esos tribales, esos nombres en élfico... ¿cómo acabarán?

Pues por estas y otras cosas no me había planteado nunca hacerme un tatoo. Pero esta es la confirmación de que nunca se puede decir nunca jamás. Porque ahora estoy "casi" decidida a hacerme uno. Mi primer tatuaje. Y la verdad es que estoy llena de dudas, claro.
Al menos, tengo claras dos cosas (por algo se empieza): el sitio donde lo quiero y el diseño.

El sitio es la zona baja de la espalda, ya que es una parte del cuerpo cuya piel no sufre apenas cambios (a diferencia de la tripa, por ejemplo, que sí sufre variaciones considerables: engordar, adelgazar, embarazos...). Además, es un sitio que no se ve constantemente, ya que he leído por ahí que si te lo haces en una zona muy visible, a la larga, por mucho que te guste o por muy bien hecho que esté, puedes acabar hartándote de él. Y no es plan.

En cuanto al diseño que quiero, es un gato. Cómo no :)
Pero aún no sé cuál, ni de qué estilo: esquemático, tribal, más realista... ¿Sólo en tinta negra o con algunos colorines más? Es que, ya que me pongo, que quede bonico, ¿no?

Como estoy hecha un lío, he hablado con amigas y conocidas que tienen tatuajes, he mirado en foros... Sobre todo por el tema del dolor. Porque, que me va a doler, eso está fuera de dudas.
Lo tengo ya asumido. ¿Pero cuánto?

Una amiga me dijo que es parecido al dolor de la fotodepilación. Eso me tranquilizó un poco, porque estoy ya acostumbrada a ese dolor y aguanto las sesiones perfectamente.
Pero claro, las sesiones de fotodepilación no duran una hora ni los pinchazos son constantes, como cuando te están haciendo un tatoo.

Lo que me da miedo es no poder aguantar la hora u hora y pico que esté el tatuador ahí, dale que te pego con la pistolita, que sólo de pensar en la vibración me da dentera... Ggggggggg

 En fin,  lo que he sacado en claro es que da igual lo que te digan: lo que cuenta es tu propia experiencia. Cada uno tiene un margen del dolor diferente, así que... sólo me queda sufrirlo en mis carnes (y nunca mejor dicho).

La semana que viene tengo intención de acercarme al estudio de tatuajes donde quiero hacérmelo, para elegir el dibujo y quedar ya un día. Ya os contaré.
Espero no rajarme al final :P

De momento, agradecería opiniones, consejos, sugerencias.... y ánimos. Mentidme y decidme que no duele (tanto)...



5 de junio de 2010

Dos historias de amor


En mi vida ha habido dos relaciones que considero importantes. Tanto por su duración en el tiempo como por lo que han significado para mí.

Dos historias de amor con dos hombres tan diferentes entre sí que podrían ser opuestos y que han tenido un papel muy decisivo en mi vida. O, al menos, en una parte de ella.

Empezaré por el principio (cómo no): conocí a C., mi ex, el último año de carrera. En aquella época, yo estaba en un momento "delicado". Se acababa la buena vida de estudiante y empezaba una nueva etapa: la de encontrar trabajo. Algo que, dado la carrera que elegí, se me antojaba harto difícil. (Y, de hecho, lo fue).

Por otro lado, estaba muy sola. Justo aquel año, 3 amigas mías estaban estudiando en el extranjero. Y con otra que se había quedado en España, llevaba meses sin hablarme, por una discusión que tuvimos en la que nos dijimos cosas muy fuertes. (Años después, acabaríamos haciendo las paces... aunque nunca volvimos a ser las grandes amigas que habíamos sido antaño).  Si a eso añadimos dos desengaños amorosos recientes, podéis imaginar cómo me sentía en aquel momento: perdida, sola, vulnerable, insegura...

Y entonces... apareció C. en escena. Era un chico que transmitía una gran seguridad, que sabía lo que quería. Era algo más mayor que yo. Divertido, cariñoso, tenaz y muy insistente... Decidió que me quería y no paró hasta conseguirme. Y, si bien es cierto que no sentí un flechazo nada más verle (físicamente no era mi tipo de hombre), sí me atrajo poderosamente su personalidad.

Su entusiasmo me arrastró como un tsunami. Me cortejó durante semanas con tal maestría que, aunque al principio tuve mis dudas, al mes estaba ya rendida a sus pies.
Me enamoré de él como una loca. Recuerdo aquellos primeros meses sintiéndome feliz y segura por primera vez en mucho tiempo. Después de haber besado a varias ranas, por fin había encontado a mi príncipe azul.

Pero las cosas no iban a ser tan idílicas entre C. y yo. Él tenía trabajo. Además, un trabajo bueno y estable. Pero yo no.
Al fin, acabé la carrera, y con la ayuda de C., encontré un trabajo a media jornada, mientras me preparaba unas oposiciones.
Y, evidentemente, las cosas se ven diferentes si tienes ya la vida resuelta que si no la tienes.  Y eso, en cierto modo, sería uno de los problemas de nuestra relación. Nuestras diferencias.

Él tenía ya muy claro lo que quería, y yo, no. Yo era una cría, que sólo pensaba en pasarlo bien, mientras que él ya tenía trazada su vida.

Estuvimos juntos 5 años, mi relación más larga hasta la fecha. Aunque el último año y medio fue un verdadero desastre. Una pesadilla. Discutíamos constantemente. Muchas veces, por cosas realmente banales.

La rutina se había instalado en la relación. Pero eso no era lo peor.

Lo peor es que me iba dando cuenta de que C. y yo éramos incompatibles.
Teníamos gustos y opiniones cada vez más diferentes. Desde nuestros gustos cinematográficos (que nos hacían discutir para decidir qué peli íbamos a ver al cine), hasta nuestras aficiones, nuestra ideología o el estilo de vida que queríamos tener.
Cada vez estábamos más lejos el uno del otro. Si él quería blanco, yo quería negro. Y así, constantemente.

Además, C. tenía, a mi modo de ver, un defecto (que ya advertí desde el principio de la relación) y es que esa seguridad y claridad de ideas que tenía lo convertían en una persona muy intransigente. Alguien que nunca daba su brazo a torcer. Se hacía lo que él quería o rompía la baraja, como se suele decir.
Su opinión era la única válida. Las demás, no. Y yo cada vez estaba más harta de no tener ni voz ni voto. De hacer siempre lo que él decía.
Yo también tenía opinión y quería decidir por mí misma. No quería que él ni nadie me dijera cómo tenía que vivir.

Con el tiempo, la situación se hizo cada vez más insostenible. Poco a poco me convencía de que C. no era chico para mí ni yo era chica para él. Además, cosas suyas que en un principio ni siquiera había advertido o que incluso me hacían gracia, empezaron a resultarme realmente molestas. Eran cosas que hacía o que decía, y que cada vez me fastidiaban más.
Definitivamente, mi amor por él se iba desvaneciendo.

Estuvimos muchas veces a punto de romper, pero siempre acabábamos reconciliándonos, con la esperanza de que esa discusión sería la última. Y que seríamos felices para siempre y que comeríamos perdices... Total, nos queríamos, ¿no?  Sï, pero ahora sé que eso no basta.

Por otro lado, nuestras constantes crisis y discusiones (algunas con público incluído), me habían dado una imagen de niña inmadura y desequilibrada que me fastidiaba bastante porque no era real. Una imagen que, además, C. promovía. Y eso me sacaba de quicio (más todavía).

Es cierto que era yo la que me enfadaba, mientras que él nunca perdía los nervios. Él sabía mantenerse en su sitio, en su papel de chico maduro y con las ideas claras. Pero si yo me enfadaba tanto, si perdía los papeles era porque él, de alguna forma, me provocaba. Conseguía sacar de mí lo peor.
Yo no soy ninguna loca histérica. Pero tengo carácter y mi paciencia se agotaba por momentos.

El penúltimo año de relación con C., fue un año de inflexión.
Encontré mi actual trabajo, algo que a él lo descolocó. Ahora yo también tenía un trabajo estable, bien remunerado y que me hacía feliz. Ya era más independiente. Ya estábamos más igualados.

Y ya no era la cría que él había conocido 4 años antes. Yo también había madurado. Y, cansada de dar una imagen falsa de mí, aprendí a controlar mis nervios y a no montar numeritos delante de familia y amigos.
Así, parecía que las aguas habían vuelto a su cauce. Pero no.

Mi actitud no era otra cosa que reflejo de mi indiferencia, apatía y aburrimiento. Ya no veía motivo para enfadarme. Todo me daba igual.

Fue ese año, en los últimos coletazos de mi relación con C., cuando conocí a J.J. Mi actual pareja.

Con él sí sentí ese flechazo que había llegado a pensar que no existía en realidad. Que eso del "amor a primera vista" era cosa de las pelis románticas.
Sí. La primera vez que vi a J.J., el mundo se detuvo. Sólo estábamos él y yo. (Y según me contó más tarde él, fue algo mutuo). El problema era que los dos teníamos pareja en aquel momento. Y aunque me parecía guapísimo y encantador, no me planteé en aquel momento nada con él.

Durante unos meses, quizá por mi cambio de actitud, C. y yo estábamos “algo” mejor. Quizá, pensaba, la relación no estaba abocada al fracaso. A lo mejor merecía la pena luchar. Al fin y al cabo, llevábamos casi 5 años juntos. Y tirarlos así por la borda...

Pero no. Aquello fue sólo un espejismo. Pronto volvimos a nuestras discusiones habituales (aunque, eso sí, ya sin testigos). Me di cuenta de que no tenía sentido seguir. Que C. y yo nunca seríamos felices juntos. Que nos estábamos destrozando la vida.
Lo mejor era cortar antes de dar un paso más importante que luego nos hiciera arrepentirnos todavía más.

Pero era tan difícil acabar algo de tantos años... Era como un lastre. ¿Qué pensarían todos? (En realidad, toda la gente de nuestro alrededor se veía venir el final mucho más que nosotros. A nadie le extrañó cuando ocurrió).

Pero aún estuvimos juntos unos meses. Es más, decidimos hacer un viaje, a ver si estando los dos solos, lejos de los demás, en un ambiente de relax, las cosas se arreglaban. Gran error.
Yo tenía mis dudas. Pero bueno, un viaje siempre es algo agradable, ¿no?
Al final, fuimos a Canarias. Yo nunca había estado y me hacía mucha ilusión ir.

Todo fue muy bonito. Aunque no hace falta que os diga que las cosas entre nosotros no se arreglaron. Ni las preciosas playas de Tenerife consiguieron obrar el milagro.
En realidad, aquellos días tuve la sensación de estar allí con un amigo en vez de con mi novio.

La última noche, cómo no, y para no variar... C. y yo nos enfadamos. Por una tontería, como siempre. Pero es que yo ya no podía más. Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Recuerdo que me asomé a la terraza del hotel. Y allí, frente al inmenso océano Atlántico, a miles de kilómetros de mi casa, me sentí terriblemente sola.
Lloré amargamente durante un buen rato, mirando fijamente el horizonte y preguntándome cómo habíamos podido llegar a esa situación. Cómo podía ser que dos personas que se habían querido tanto, hubieran llegado a ese punto. Aquello estaba acabado. ¿A qué estaba esperando para romper?¿Por qué era tan cobarde?

Al volver a Valencia, aún estuvimos unas semanas juntos, pero yo ya tenía claro que no quería continuar. Me faltaba sólo un último empujón. Y un sábado por la noche, por fin, tomé la decisión.

Volvíamos de una cena en su coche, camino de mi casa. Y al despedirme, se lo dije. Aquello no era un “hasta mañana”. Aquello era un “hasta siempre”.
Por supuesto, él no me creyó: tantas veces había pegado el portazo para luego volver corriendo a sus brazos pidiendo perdón, que ésta no tenía por qué ser distinta. Pero sí lo fue.
Así que él contraatacó y se pasó los días siguientes intentando hacerme cambiar de opinión. Pero mi decisión era irrevocable.

Tanto insistió en que nos viéramos, que accedí a quedar con él por última vez.
Él pensaba que conseguiría hacerme recapacitar y que volvería con él. Pero yo lo tenía muy claro, y así se lo dije: que éramos incompatibles, que lo habíamos intentado mil veces y que yo ya no quería seguir intentando salvar algo que no tenía salvación. Al final, creo que lo entendió... O, si no, al menos, lo aceptó.
Y desapareció de mi vida.

Vale, había conseguido dar el paso sin flaquear. Pero aun así, me sentía fatal. Nunca había dejado a nadie. Y él quería volver conmigo; estaba hecho polvo.
Pero no podía volver con él: ya no estaba enamorada. Y sabía que nunca podríamos ser felices juntos.

A veces, tenemos miedo a estar solos, y nos empeñamos en seguir al lado de alguien, a toda costa, aunque las cosas vayan mal. Y ese fue nuestro error.

Meses después de la ruptura con C., volví a ver a J.J. Hacía tiempo que no sabía de él, porque según me contó, había estado de viaje en Inglaterra con unos amigos.

El caso es que empezamos a vernos más, a quedar... Una vez, él me comentó que estaba sin pareja. (Qué bien, pensé). Yo no le dije nada de mi situación al principio. Pero un día le conté que hacía poco que había acabado una relación de mucho tiempo.

J.J. me gustaba mucho, pero por otro lado, pensaba que era muy precipitado empezar una nueva relación. ¿Y si las cosas también salían mal esta vez?
Mi cabeza me decía que esperara. Pero mi corazón me empujaba a olvidar el pasado y a empezar una nueva vida y, por qué no, una nueva relación.
Finalmente, el corazón pudo más que la cabeza, como suele pasar.

Una noche, J.J. y yo fuimos a cenar. Él me dijo que yo le gustaba desde hacía tiempo y que quería ir en serio conmigo. Yo me derretí, claro.
Y surgió, simplemente. Ninguno de los dos quisimos hacer nada por evitarlo.
Fue precioso.

Es cierto que apenas pasaron unos meses entre una relación y otra, y que tuve muchas dudas al principio por si las cosas no salían bien entre J.J. y yo. Otro desengaño me hubiera destruido, pero no lo pensé y me lancé a la piscina...

Y, hoy, casi dos años después, estoy feliz junto a J.J. Fue una decisión algo precipitada... pero hoy sé que totalmente acertada.

En cuanto a C., no he vuelto a verlo ni a saber de él.
Le hice daño. Sé que lo pasó muy mal cuando lo dejé. Y yo me he sentido culpable muchas veces por ello. Pero también sé que hice lo correcto. Nosotros dos no teníamos futuro.

Aun así, espero que me haya perdonado, que haya superado todo aquello, y que ahora sea feliz solo o junto a otra chica con la que tenga más puntos en común.
Deseo de corazón que todo le vaya bien y que encuentre al amor de su vida.

Igual que yo (creo), he encontrado al amor de mi vida.

3 de junio de 2010

Bipolar


Hay días que salgo de casa con ganas de comerme el mundo.
Pero cuando vuelvo, tengo la sensación de que es el mundo el que me quiere comer a mí.

Hay mañanas que me levanto con energía para hacer mil cosas. Pero enseguida me desanimo porque no sé por dónde empezar.

Hay momentos en los que deseo estar sola. Pero a continuación siento que necesito desesperadamente estar con alguien.

A veces anhelo las cosas que no puedo tener. Y en cambio, no valoro las que tengo.

Hay días que creo tener muy claro lo que quiero. Pero si tengo que tomar una decisión, me surgen un millón de dudas.

Hay veces que creo que puedo con todo. Pero cuando tengo que demostrarlo, la inseguridad me invade y me bloqueo.

En ocasiones, me siento eufórica sin motivo aparente. E, inmediatamente, esa alegría desbordada deja paso a una inexplicable y profunda tristeza.

De la risa al llanto. De la seguridad aplastante a las dudas. De las ganas al aburrimiento. De la alegría al bajón.... De un extremo al otro en cuestión de segundos. ¿Por qué? Ni yo misma lo sé.

Hay días en los que me levanto un poco... ¿bipolar?


30 de mayo de 2010

Me cuesta tanto...


-Levantarme temprano

-Morderme la lengua

-No caer en la tentación

-Ahorrar

-Mantener la calma

-Ser constante

-Vencer la timidez

-Confiar en la gente

-Estar sola

-Ser realista

-Disfrutar el momento

-Dejar de ser exigente conmigo misma

-Disimular mi euforia.... (o mi enfado, o mi tristeza)

-Leer entre líneas

-Decidirme

-No romper a llorar

-Ser puntual

-Hacer cálculos rápidos

-Tener paciencia

-Estar sin hacer nada

-Resolver un sudoku

-Ser imparcial

-Entenderme a mí misma

-Simplificar

-Ser ordenada

-Aceptar lo que no me gusta

-Orientarme

-Dejar de darle vueltas a las cosas

-Admitir que no tengo razón

-Explicar cómo me siento

-Improvisar

-Buscar el lado positivo

-No dramatizar

-Ser disciplinada

-Salir de una tienda de ropa sin comprarme algo

-Mantener los pies en la tierra

-Renunciar

-Hacer las cosas rápido

-Sacar tiempo

-No perderme por el camino

-Hacer algo por obligación

-Decir una mentira

-Hablar en público

-No entregarme

-Dejar de soñar

-Olvidar


26 de mayo de 2010

6 formas de perder el tiempo (y no darse cuenta)



Alguien dijo una vez –y no le faltaba razón- que el tiempo es oro. Y, que por tanto, hay que aprovecharlo.

Mira que he intentado siempre seguir esta máxima... Pero no hay forma. Si existe la más mínima oportunidad de distraerme, si hay alguna senda alternativa que me aparte del camino más rápido, (o sea, del atajo), no lo dudéis: optaré por ella.

Sí, creo que soy toda una experta en perder el tiempo. O mejor dicho: en desaprovecharlo.

Así, como profesional en este campo, paso a enumerar el Top 6 de formas de perder/desaprovechar el tiempo sin darte cuenta:

1. No sales a tomar algo con los colegas porque “te quedas en casa a estudiar”. Y luego, te pasas la tarde entera haciendo cualquier otra cosa menos estudiar: mirar cada dos por tres el móvil a ver si tienes SMS nuevos, mirar el correo electrónico, ver la tele, sacar punta a todos los lápices, dibujar monigotes, picar algo de la cocina, hacerte la manicura, hablar una hora por teléfono, sacar al perro, hacer 50 abdominales, bañar al perro, limpiar la bandeja del gato, hacer un recado...

Al final de la tarde, no has pasado de la página 1 de los apuntes. (Pero tienes la conciencia tranquila porque "te has quedado en casa").

2. Vas al gimnasio con la idea de entrenar duro.

Llegas, te subes a la cinta de correr o a la bici estática... y a los 5 minutos ves a un amigo o un conocido, lo saludas y os ponéis a hablar. Cuando sales del gimnasio, te das cuenta de que sólo has ejercitado un músculo de todo el cuerpo: la lengua.

3. Te dispones a ordenar la habitación, abres un cajón del escritorio y descubres un tesoro: tu diario de cuando eras adolescente, álbumes de fotos de hace años, la orla del cole, cartas y postales de hace tiempo, felicitaciones de cumpleaños, la caja de lápices de colores Alpino, cuadernos escolares, juguetes, cuentos infantiles y demás cosas que ni te acordabas que tenías guardadas. Con sorpresa y alegría, te pones a cotillearlos, te ríes de ti mismo, rememoras aquellos años, etc... Y se te pasa la tarde entera. Y la habitación, patas arriba.

4. Entras un momentito al bazar de los chinos porque necesitas X cosa.

Pero una vez entras, te pierdes en sus laberínticos pasillos y acabas abducid@ por la inmensa variedad de cosas que ves allí. Así que, ya que estás, compras X pero también te llevas Y, Z,... En fin, media tienda.
Te gastas una pasta, además de perder toda la mañana en el bazar. Ya te han cerrado el banco y la panadería.

5. Te pones el despertador a las 7 de la mañana con el firme propósito de levantarte temprano para estudiar.

Al día siguiente, cuando a las 7:00 AM, oyes el PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII, estiras el brazo para apagar la alarma, te das media vuelta y sigues durmiendo tan ricamente. ¿Levantarme temprano para estudiar? Con lo bien que se está en la cama... (Ahora, eso sí: para ver el Gran Premio de Malasia o el final de Perdidos, si hay que madrugar, se madruga, ¿eh?).

6. Tienes que hacer un trabajo y necesitas Internet para documentarte.

Has abierto la caja de Pandora: en Internet sabes cuando empiezas, pero no cuando terminas. La red es un agujero negro que te absorbe. Y la mejor forma de perder el tiempo sin enterarte. Entras en Google para buscar información sobre la temática de tu trabajo... Y, como una cosa lleva a la otra, abres también el correo electrónico y el Messenger, contestas algunos e-mails, chateas con los amigos, lees tu muro del Facebook  y/o del Tuenti, escribes algo en Twitter, lees las entradas nuevas de los blogs que sigues, escribes una nueva entrada en el tuyo, te bajas cinco canciones del eMule y ves unos cuantos vídeos en Youtube. Cuando te das cuenta, han pasado 2 horas y no has hecho NADA del trabajo.


A ver... ¿soy yo la única que se distrae con una mosca? ¿A vosotr@s también os pasan estas cosas? ¿Sois también expertos en perder el tiempo? Si es así, agradecería vuestras muestras de solidaridad.

Sí, ya sé, mal de muchos...


HELLO!

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